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COLOQUIO

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COLOQUIO2020-08-28T13:27:42-03:00

SEGUIMOS…

Horas antes de que en nuestro país explotara la emergencia por el Covid 19, nuestra Sección estaba en momento de presentar sus Jornadas: Todo bien! Las paradojas del bien y lo inconsciente. Tuvimos nuestra primera excelente noche con la presencia de la Comisión Científica de la misma… hoy es otro tiempo, aún de comprender la onda expansiva de la coyuntura actual.

Momento de torsión: de las XXIX Jornadas de la Sección al real del cada día, en el que la causa analítica no cesa y se vale de la la prudencia, advirtiendo y calculando el envés de las paradojas del bien, en épocas de todo mal.

Sin evadirnos de este contexto, queremos compartir el argumento escrito por la Comisión Científica y proponer a partir de él un tiempo de trabajo, de investigación, y por qué no de conversación.

¿Nos animamos?

ARGUMENTO

El título de estas Jornadas de la Sección Córdoba de la EOL lleva la marca de cierta osadía al proponer la interrogación de una expresión de uso cotidiano, calificándola de paradojal, y poniéndola en relación con ese campo complejo de lo inconsciente. Nos invita a que nos dispongamos a desentrañarlo.

En los tiempos que corren, basta mirar alrededor para ver desmoronarse ese “¡Todo bien!”, tan cuidadosamente cebado en la sociedad actual, hasta reventar. Percibimos que una sórdida y densa opacidad se abre paso a través de los restos de ese falso resplandor de supremacía del bien.

Allí nos encuentra el psicoanálisis, con su doctrina y su práctica, ofreciendo una orientación de lectura a estas cuestiones. Y una ética.

Empecemos por Freud. Agudo lector de su época y de lo subjetivo, a pesar de fundar el principio del placer como organizador de la vida psíquica, destacó su más allá. Allí, en esos confines, se estrella cualquier búsqueda del bien. Freud supo tensar la cuerda de eso que nos habita como humanos, esa Cosa – das Ding- que vocifera lo que no anda en lo más íntimo de lo humano. Lo que no anda, como propio de lo humano, índice de la armonía imposible entre el lenguaje que nos interviene y el cuerpo que tenemos, nos deja en relación con un goce, siempre anti homeostático, que se hace norte de la ética del psicoanálisis y del discurso con el que lo tratamos, el analítico, tanto en su aspecto clínico como en su aspecto político, denunciando cualquier pretensión de hacer el Bien[1]. La jornada se propone interrogar las consecuencias de esto.

Entonces, ¿El psicoanálisis es constitutivo de una ética, a la medida de nuestro tiempo?[2]

La pregunta de Lacan nos permite afinar una concepción de la ética psicoanalítica, diferenciándola de otras. Será interesante poder constatar su peculiaridad mediante ejemplos de la práctica. Podríamos decir que nuestro tiempo está marcado por el insistente ofrecimiento a negar, ocultar ese no anda estructural. Nada es imposible (Adidas). El dolor para, vos no (Ibupirac). Make believe –hacer creer (Sony). Nestlé hace bien. Life´s good (LG), son algunos de los ejemplos de “slogans” que la industria farmacéutica, médica, alimentaria, tecnológica, educativa, textil –entre otras- nos quieren hacer creer, o inventan para ello.

Cuanto más creemos en estos discursos, más nos sometemos a ellos. Lacan nos alertaba al respecto, hasta el punto de decir que también la práctica analítica podría contaminarse por una ideología del bien, donde el sujeto se sometiera a su gobierno. No estamos automáticamente a salvo de ello. Tendremos que diferenciar una ética de una moral, para situar diferentes prácticas discursivas. Hay las que sostienen su accionar a partir de promover ideales, o inocular una ideología. Otras, que se basan en el afán de curación. El psicoanálisis no busca el bien, ni la curación. Porque ese más allá, eso que no anda, es ineliminable.

La oferta de la transferencia –entendida como modo de lazo inherente al Discurso Analítico- supone una subversión de cualquier otro discurso contemporáneo. Así, se erige como un lugar y un lazo que invita a los sujetos a enfrentar esa Cosa oscura, fuera de significado, más allá de cualquier bien, e inventar un modo propio de tratar con eso.

Es por ello que Lacan pasa revista a las diversas éticas que se refieren al Bien, para recalar, finalmente, en la que orienta nuestro accionar: la ética del Bien-decir[3]. Esta sentencia de Lacan coloca las cosas en el lugar adecuado: en un psicoanálisis, el discurso analítico hace de marco para que se revele la posición de decir de cada quien, más allá de sus dichos. Eso implica que, entrelíneas de lo que es dicho se despliega eso, hasta un límite de lo decible, lugar donde se trata de saber leer[4], más allá del sentido –es decir, lo fuera-de-sentido. Allí se instala la escucha y la lectura del analista.

En ese entramado, ese goce opaco puede ir circunscribiéndose hasta el punto de que cada quien pueda captar lo que lo traumatizó, lo que del lenguaje incidió en el cuerpo marcando un modo de satisfacción iterativa. Allí, en ese punto, el sujeto podrá aprehender –y aprender- a bien-decir y saber leer sobre aquello que no anda, y con el que podrá saber-hacer allí con su solución, el sinthoma.

La apuesta que la ética del psicoanálisis conlleva es ofrecer a los sujetos colocar lo que los hace sufrir en relación a un lazo de amor…al inconsciente, modo de no quedar sometidos a los discursos que pretenden que todo siga, todo bien, sosteniendo sus valores de mercado.

Como decíamos al inicio, allí, empero, encallan los discursos actuales. Ahí donde detrás del Todo bien, vocifera el Todo mal. Ni en los discursos salvadores, ni en los apocalípticos esa Cosa opaca, ese goce ineliminable de los cuerpos hablantes, encontrará su tratamiento. Y, tanto en lo más íntimo de un psicoanálisis, como en aquello que podemos hacer pasar a lo social, diremos lo que hacemos, lo que oímos, lo que leemos, de un modo alusivo, único posible de evocar eso que está en juego: eso, que no hay que temer enfrentar y elaborar, eso que marca nuestra humanidad, sin pretensiones de un happy end, ni visiones catastróficas. La dimensión de una posible ex -sistencia donde no todo bien, ni todo mal, pero digna del sujeto.

Comisión científica: Beatriz Udenio, Sonia Mankoff y Graciela Martínez

  • [1] Lacan Jacques. El Seminario, libro 7 La ética del psicoanálisis. Editorial Paidós. Buenos Aires 2009.

  • [2] Lacan Jacques. Discurso a los católicos. Editorial Paidós. Buenos Aires, 2005.

  • [3] Lacan Jacques. “Televisión”, en Otros Escritos. Editorial Paidós. Buenos Aires 2012

  • [4] Miller, J.-A. “Leer un síntoma”, en Lacaniana Nro. 12 Las marcas de Lacan. Ed. Grama. Buenos Aires, 2011.

“(…) el Judío, desde el regreso de Babilonia, es aquel que sabe leer, es decir, el que de la letra toma distancia con su palabra, encontrando allí el intervalo, justo para servirse allí de una interpretación”. Jacques Lacan. “Radiofonía” (1970) P. 451, en Otros Escritos. Buenos Aires. Paidós. 2012

 

Me resulta estimulante el tema de la jornada.  Me gusta, en especial, que tome un sintagma tan común en el discurso cotidiano – ¿Todo bien?– y lo someta a exploración, ya que encierra consecuencias que es preciso despejar. La expresión, instalada en nuestro castellano local, se dice con frecuencia. Vemos cómo, en el título mismo de la Jornada, la cuestión de lo que se dice está lanzada de entrada.

En el texto “Radiofonía”, del que extraje la cita del epígrafe, Lacan indica lo siguiente: “Que el sujeto no sea aquel que sabe lo que dice, cuando claramente algo se dice a través de la palabra que le falta (…)” (P. 428) nos permite introducirnos en el problema que quiero compartir con Uds.: la relación entre lo que se dice, lo que falta en lo que se dice, y lo que se debe saber leer. Es en este entramado donde vemos emerger el bien decir.

Para esta indagación tomo apoyo en el recorrido de J.-A. Miller en “Leer un síntoma” (2011): “Diré inmediatamente que el saber leer, como yo lo entiendo, completa el bien decir, que se ha vuelto un slogan entre nosotros” (La negrita es mía)

Saber leer

Miller va a introducir algo nuevo en esta insistencia en articular el saber leer con el bien decir–a su manera, como lo indica. Mi impresión es que es esto lo que permite sacudir el “slogan”, que amenaza con volverse banal, y ponerlo a trabajar. Profundicemos este punto, pues implica un esfuerzo para que, en lo que se escucha que se dice no quedemos atrapados en el murmullo de lo escuchado.

Por supuesto que la indicación de Miller vale, fundamentalmente, para situar cómo se concibe la posición del analista en lo que escucha, en ese intervalo entre la letra y la palabra al que Lacan se refiere en “Radiofonía”, y que Miller no deja de subrayar en su texto: “El psicoanálisis no es solo cuestión de escucha, listening, también es cuestión de lectura, reading”. Pero sin duda es muy útil para indicar algo de lo que el runrún de lo que se dice en las instituciones psicoanalíticas puede provocar como efecto de “slogan”: acomodarse en un “Todo bien”. No es acaso aquello de lo que nos advierte Lacan en “Televisión” (1973. P.545. Otros Escritos) cuando dice: “A la Sociedad –llamada Internacional (…) si me atreviese (…) diría que es actualmente una sociedad de asistencia mutua contra el discurso analítico -La SAMCDA”

Lacan, agudamente, indica allí que el discurso, al que llama analítico, es el lazo social determinado por la práctica de un análisis, que reconoce que el Inconsciente no ex –siste más que a ese discurso. Y esta ex –sistencia le es fundamental como premisa para ubicar la posición del analista y su acto en relación con ello. Es justo aquí donde se genera el lugar para el saber leer.

Sigamos a Miller: “Voy a sostener con gusto que el bien decir en el psicoanálisis no es nada sin el saber leer, que el bien decir propio al psicoanálisis se funda sobre el saber leer. Si nos atenemos al bien decir, no alcanzamos más que la mitad de aquello de lo que se trata. Bien decir y saber leer están del lado del analista, son propiedad del analista, pero en el curso de la experiencia se trata de que bien decir y saber leer se transfieran al analizante. Que aprenda de algún modo, fuera de toda pedagogía, a bien decir y también a saber leer”.

Miller declina ese saber leer situándolo en relación con un límite. Si seguimos la idea de lo que se lee, diríamos límite de lo legible (y decible) como sentido, reconociendo lo que le escapa, lo fuera-de-sentido. Eso que solo puede tocarse alusivamente, a la hora de querer hacerlo pasar por un decir.

Conviene que prosiga los pasos lógicos que Miller sigue en ese texto.

¿Dónde leemos eso –REAL- que va más allá del sentido, más allá del ser de lenguaje, que no es más que semblante? Gracias a la LETRA. En la letra está lo real.

En la clínica psicoanalítica, es el SINTOMA el que nos da lo más REAL –que insiste, se repite y nos libra los restos sintomáticos, que son lo FUERA DE SENTIDO. Allí se incrusta un goce –del cuerpo del ser hablante- que sufre la incidencia de la palabra.  “El goce del síntoma testimonia que hubo un acontecimiento de cuerpo, que incidido por la palabra, se trastornó y desvió”.

Entonces, en ese lugar en el que el significante incide allí, pero FUERA DE SENTIDO, se instala la escucha –el listening del analista- que es en realidad un reading, de la LETRA.

Las consecuencias son fuertes: la interpretación es entonces disciplina de la lectura. La lectura de ese choque que hubo entre lenguaje y cuerpo.

Ahora, el bien decir.

El Bien-decir

Va más allá de la retórica…

Esta expresión no es un invento de Lacan. “El arte de bien decir” es la retórica –subraya Miller, indicando, además, que en el psicoanálisis hay algo de esto, pero no todo es retórica.

Encuentro ese apoyo en “Radiofonía”, donde Lacan señala lo que Miller consigna en Un esfuerzo de poesía p.115- “la revolución se vio reducida (…) a lo que queda de ella para el lector presente de un derroche retórico poco apropiado para hacerla respetar”

Si lo dejáramos de ese lado, abonaríamos a su versión “slogan”. Colijo que, para sacar a luz esto, J.-A. Miller dice que debe completarse con el saber leer.

Podríamos deducir que todo lo que se vuelve slogan pierde su bien-decir, en tanto opaca, ensombrece la posibilidad de saber leer lo que en cada caso, uno por uno, eso que hace síntoma quiere decir.

Considero que vale también para los temas de los discursos contemporáneos y la Escuela.

…ex –siste a la verdad…

Baltazar Gracián (jesuita del siglo XVII), se refirió al bien decir de un modo que hizo que Lacan hablara de él como un precursor en tanto lector agudo de su tiempo y contrario a los remilgos retóricos.

Lacan (en Radiofonía), y luego J.-A. Miller (en Un esfuerzo de poesía, Lección: Horror ante la verdad –p. 182 a 186) retoman de Gracián la referencia al SANTO. Le adjudican discreción, y un saber sobre la dimensión mentirosa de la verdad.

Nos son útiles también las referencias de Lacan en su Seminario 17 (El poder de los imposibles. P. 195 a 208), cercano a Radiofonía. ¿Qué sabe el discreto? Sabe del efecto de un discurso, el universitario, que nos adormece, nos intoxica con su pretensión de todo saber sobre la verdad, en el lugar del agente; reduciéndonos a unidades de valor, con más medallas –como los toros- y más Masters.  “Tendrán eso en cantidad” – ¡Y lo tenemos!

Le opone la posición del analista en el discurso analítico. Se dirige a esos analistas “(…) que solo lo son por ser objeto –objeto del analizante (…). (Televisión, P 536). Posición que articula lo imposible de decirlo todo: el fuera-de-sentido con la ex – sistencia del decir a la verdad. El SANTO se sostiene éxtimo, residuo de un orden, no levanta polvareda, insípido, soso, no llama a la verdad, muestra el real concernido en el goce. El analista-santo es aquel capaz de escuchar ese inconsciente, al cual (el discurso analítico) le ex – siste. Sin pretensión de caridad, ni hacer el BIEN, más bien “descarida” (P.545). Por lo tanto, no solo no dice dónde está el BIEN, sino que NO HAY el BIEN, hay lo que falla, lo que fracasa.

Allí, justo allí, se espera que el analista no se acobarde, y sostenga el Bien decir (no el bendecir)

J.-A. Miller retoma esto mismo en Sutilezas analíticas (2008-2009)p. 40, indicando que el analista, entonces, acompaña al analizante hasta que descubra su: “Yo soy esto que no está bien, que no es como los demás, que no apruebo, pero que es esto”. Es eso de lo que no queremos saber nada, el objeto a. Ese objeto al que el analista debe plegarse: “…realizar lo que la estructura le impone, a saber, permitir al sujeto del inconsciente, tomarlo como causa de su deseo” (Televisión. P. 545).

y soporta la ética del psicoanálisis

¿Qué debo hacer? –retoma Lacan, en “Televisión” (P. 567): “(…) a partir de mi práctica extraer la ética del Bien decir, que ya acentué”.

Por lo tanto, la ética del psicoanálisis finalmente apunta a circunscribir lo real, lo indecible, que se lee en el decir, hasta llegar con la interpretación que lee a ese algo incrustado en el corazón del síntoma.

Para concluir, Lacan ya lo anticipaba al final del Escrito “La dirección de la cura y los principios de su poder”, punto 19 del apartado “Hay que tomar el deseo a la letra” (p. 610. Escritos 2), ¿cómo no exigir al (analista) pajarero que sea en primer lugar un letrado? La parte “letrada” que le adjudica a Freud implica un saber leer, el deseo, a la letra. Por ello, Freud fue un “hombre de deseo” capaz de caminar sobre un río de fuego. A veces los santos se someten a pruebas como esa. Los orientales también. ¿Los analistas?

¿El psicoanálisis es constitutivo de una ética, a la medida de nuestro tiempo?[1]

Lacan se hace esta pregunta en el Discurso a los católicos (llama así a dos conferencias dictadas en Bruselas en el año 1960, año en el que también desarrolla su Seminario 7, La ética del psicoanálisis). Esta pregunta parte de considerar una relación entre ética y época, y subraya que hay una ética propiamente analítica, ya que la ética “es relativa al discurso”[2].

En el Seminario de la ética, Lacan da mucha importancia a analizar las diferentes perspectivas sobre el bien que hubo en la historia,  historizar una determinada ética, limita su valor, nos dice. Si en todas las éticas hay la tendencia a referirse a un orden, se verifican, sin embargo, diferencias. Lacan analiza la ética de  Aristóteles,  de Kant con Sade, de Spinoza, y de Bentham entre otros.

En el seminario denuncia también, el ensueño burgués[3]  del servicio de los bienes (consumo) con la promesa de confort individual  y nos advierte “no hay ninguna razón para que nos hagamos los garantes de este ensueño”[4].

Lacan tomará además el texto freudiano para desprender la ética que puede leerse en él, la misma está fundada sobre el principio del placer como organizador de la vida psíquica, pero destacando su más allá.

De  la oposición entre principio del placer y principio de realidad,  Lacan extrae el verdadero sentido que guía a Freud y que lo diferencia de cualquier otra mirada ética: su noción de “Das Ding” [5], contra Das Ding se estrellan todos los intentos lineales en la búsqueda del bien.

Ética del psicoanálisis: no hay homeostasis ni hedonismo apacible

 “La experiencia moral se sitúa en el principio mismo de la entrada del paciente en el psicoanálisis”[6], nos advierte Lacan, y se presenta de modo paradojal, ya que la génesis de dicha dimensión arraiga en el deseo y este incluye su prohibición misma.  Pero además la presencia de la exigencia del superyó que destina al sacrificio para conseguir el bien, y cada vez más,  hace que no podamos pensar en una homeostasis.

El texto sitúa la función del bien como muralla en contra del deseo, pasando por los falsos bienes, y por la vanidad de la demanda de felicidad…“Hacerse el garante de que el sujeto puede de algún modo encontrar su bien mismo en el análisis es una suerte de estafa”[7]

Lacan dice también, con ironía, no faltan “ideales analíticos” guiando la dirección de una cura, los llama “ideología”[8] e incluso los enumera: (el ideal del amor humano, el ideal de la autenticidad y el ideal de la no dependencia o la profilaxis de la dependencia). Cabe aquí preguntarse cuáles son las ideologías que pueden desviar la experiencia hacia la moral en nuestros días.

Lacan en cambio, invita al sujeto que en el análisis atisbó su ser de objeto a, a “renacer para saber si quiere lo que desea”[9], es decir que para cada uno el análisis abre un margen en el que habrá la posibilidad de determinarse[10] a su deseo, y retroceder ante él será un modo de traicionarse.[11] Recordemos la definición de cobardía moral con la que Lacan responde a los variados avatares de la posición depresiva, la depresión es más bien un ceder en su deseo.

El seminario 7 se ubica en la primer enseñanza de Lacan, el cambio de paradigma operado a partir del Seminario Aún, que ubica al goce como determinante en la conducta subjetiva, profundiza aún más las paradojas del bien.  La imposible homeostasis con el goce implicará que la dirección de la cura se enfoque en los cambios del régimen de goce, podemos decir que el saber hacer con el sinthome tomará el lugar antes reservado a la ética del deseo.

Bien decir: pluralizar los modos de lectura

Ya en Televisión, Lacan desarrolla más cabalmente la ética del Bien decir, resalta que la extrae de su práctica y ubica en ese resorte a la interpretación analítica. Es una ética que no tiene nada que ver con ningún éxito, más bien aprende del fallo sistemático,  lo cito: “resulta desesperante esa promesa de éxito para el rigor de una ética”[12]. Este rigor a sostener en la práctica, no dice para nadie donde está el bien, no podría decirlo ya que el bien para todos no existe, pero además es una ética advertida de que: “No hay hedonismo apacible para el psicoanálisis”[13].

 A esta posición ética se accede con la formación analítica, implica orientarse por lo inconsciente,  tomar en cuenta las huellas de goce que marcaron a un parletre para partir de allí. Estas fijaciones que determinan el programa de goce para alguien, son a la vez una escritura y  un imposible de decir, algo que puede atraparse y que a la vez  se escapa.

Bien decir el goce incluye, entonces, la lectura, el saber leer, como nos propuso Beatriz. “Un análisis sirve para aflojar lo que, en efecto,  se presenta como escritura de lectura fija”[14], pluralizar los modos de lectura[15]para cada quien, permitiendo articularlo a los azares del encuentro con lo real en su vida, es una vía ética, que es el reverso de la del bien fijado de antemano.

A la medida de nuestro tiempo…

Si la ética es a la medida de cada tiempo, interroguemos ¿cuál es la ética que se desprende del discurso del amo actual?

Lacan ya advertía en el Seminario de la Etica, que hay consecuencias de que el ideal de felicidad pase a la política, la biopolítica es el nombre de ese pasaje.

La fuerza de la biopolítica se hace sentir con una violencia inusitada, el ideal de felicidad se impone como una ideología, con mecanismos totalitarios sostenidos en el discurso científico, el resultado obtenido es suprimir cualquier variación individual de lo que puede significar la felicidad, la heterogeneidad de las causas del deseo  es suplantada por una medida única que se impone y fuerza así al sujeto a una posición de goce en nombre de su bien[16].Pero paradójicamente desde la perspectiva ética, nuestra civilización ha dejado de moverse por un bien ideal común.  

Para Eric Laurent en “El Reverso de la Biopolítica”,  El estatuto fundamental de la subjetividad de nuestra época es la angustia[17]

Las respuestas del parlêtre político a la inseguridad que siente por esa relación central con la angustia determinarán el modo de hacer comunidad, de armar lo colectivo,  el cuerpo socializado.

Esta interpretación de Laurent sobre la subjetividad de la época, produce un giro importante en la concepción del sujeto político que ya no se identifica al rasgo ideal como vínculo social, o no solamente, sino que es desde un afecto sentido en el cuerpo que se colectiviza, lo común sentido en el cuerpo hace la comunidad del acontecimiento de cuerpo.

“la creencia en una comunidad ideal puede ir acompañada, como por su sombra, por la comunidad del acontecimiento de cuerpo”[18]

Este cambio de perspectiva permite leer de otro modo las respuestas que se producen colectivamente, y reinterpretar los efectos de la biopolítica sobre el cuerpo social. Estas respuestas no son estables, tienden a ser espontáneas, pueden cambiar de sentido en poco tiempo y en muchos casos, se acompañan de un sentimiento de afirmación contra el otro. “en respuesta a la angustia, se trata de escribir algo nuevo, algo que marca un lugar”[19]

¿Podemos leer una nueva ética constitutiva de la comunidad del acontecimiento de cuerpo?

Estos cambios nos enfrentan a nuevos desafíos que debemos elucidar e interpretar, nuestras Jornadas serán un paso en ese camino.


[1] Lacan Jacques. Discurso a los católicos. Editorial Paidós. Buenos Aires, 2005.

[2] Lacan Jacques. Televisión. Otros Escritos. Editorial Paidós. Buenos Aires, 2012 pag 567

[3] Lacan Jacques. El seminario, libro 7 “La ética del psicoanálisis”. Editorial Paidós .Buenos Aires 2009. Pag 361-362

[4] Ibidem pag.362

[5] Ibidem. Pag. 68

[6] Ibidem Pag. 57

[7]Lacan Jacques. El seminario, libro 7 “La ética del psicoanálisis”. Editorial Paidós .Buenos Aires 2009.

Pag. 361

[8] Ibidem pag. 17

[9] Lacan Jacques. Escritos. Pag. 649

[10] Miller Jacques Alain. Causa y Consentimiento. Editorial Paidós. Buenos Aires 2019. Pag. 219

[11] Lacan Jacques. El Seminario libro 7 .La ética del psicoanálisis. Editorial Paidós. Buenos Aires .2009. pag.381

[12] Lacan Jacques. Televisión. Otros Escritos. Editorial Paidós. Buenos Aires, 2012 pag 570

[13] Laurent Eric.”La felicidad o la causa del goce”. En www.eol.org.ar

[14] Laurent Eric .Lecturas del síntoma.  En www.Psicoanálisis inédito.com

[15] Ibidem

[16] Laurent Eric.”La felicidad o la causa del goce”. En www.eol.org.ar

[17]Laurent Eric. El reverso de la biopolítica. Buenos Aires.  Grama ediciones, 2016. Pag.253

[18]Ibidem pag.260

[19]Ibidem pag.255

¡Todo bien!

El título provoca de entrada  la pregunta: ¿Todo bien? Primero por el  valor absoluto que connota,  pero después, porque este enunciado  igual de breve que  compacto,  no sólo se impone  en la vida cotidiana sino que muchas veces, paradójicamente,  puede ser la respuesta de alguien  a la pregunta de por qué consulta.  Así, todo bien, pero refractario al Otro, indialectizable,  permite entrever las complejidades de la transferencia.

Un ¡Todo bien! eufórico acompañado por distintas imágenes y selfies en las redes,   lleva a la pregunta por cuáles son las consecuencias de esta inflación imaginaria, en lo real del cuerpo. Vemos no sólo aparecer nuevos síntomas como por ej. las variadas autoinmunes, sino que estos síntomas pasan a formularse como motivo de consulta, sin mayor despliegue de la palabra.

¡Todo bien! eufórico, pero también el que resuena en un ¡Todo vale! que se hace escuchar todo junto aparentemente sin intervalo,  con un fuerte rechazo a leer el saber inconsciente, no así al superyo que  domina.

El analista  no cede en su deseo de que pueda abrirse allí un intervalo y  la dimensión de la enunciación,  aunque en ocasiones no alcance a conmover el rechazo. Lacan en el Seminario  7[i], en el capítulo que justamente se llama Paradojas de la ética dice: “Esa benevolencia está tan poco asegurada para nosotros… por lo que se llama púdicamente “reacción terapéutica negativa”.

Podríamos pensar los matices en la clínica  que van desde el no querer saber nada del goce sintomático,  hasta un fuerte rechazo a leer el saber inconsciente, donde prevalece el primum vivere  al que hace referencia J.-A. Miller en Nota sobre la vergüenza[ii]. El primum vivere, es  la reivindicación de la vida en sí misma pero sólo afectada por la muerte del organismo, no la segunda muerte que aparece con la presencia de los blasones del sujeto ante el Otro. Estos blasones que son sus significantes amo y que por indicar su goce singular, avergonzarían. Ya no se trata en estos casos del sujeto que se queja o que muestra la falta, sino más bien de una falta de vergüenza.

¡Todo bien! también, puede ser en su fijeza, una delicada defensa frente a la irrupción de lo real cuando no se dispone de un discurso para tratarlo.

 

Las paradojas del bien y lo inconsciente

Si partimos de la época, no es lo mismo la que se ordenaba por el Nombre del Padre que la que resulta del ascenso al cenit del objeto a [iii] que comanda y empuja al sujeto a atravesar sus inhibiciones. Los significantes identificatorios caen e intentan ser reemplazados  por los significantes del amo actual que someten al sujeto  a una evaluación homogénea. El Psicoanálisis se encuentra con la dificultad de restituir el significante amo en su valor para que pueda tener lugar el juicio responsable del sujeto ante su goce. No hay la relación sexual, pero sí la relación del sujeto con su goce.

Lacan en el Seminario 18[iv] dice: “ Qué quiere decir bueno? Bueno para qué? Desde que habitan cierto tipo de discurso, son buenos para que este los gobierne”. Para Lacan la bondad es la sumisión al amo. Podríamos leer ¡Todo bien! como índice de esta sumisión

Lo que distingue al discurso del analista del de la civilización hipermoderna, es que en esta última sus distintos elementos aparecen separados, mientras que en el del analista se articulan, de modo que el sujeto puede pasar de estar sometido al imperativo de goce, a articular ese goce con el significante amo que lo ordena y producir un saber sobre él.

Por esto Lacan hace referencia a la figura del santo en Televisión,  porque  denuncia el lazo social que se funda sobre los discursos,  lo cual permite despejar el objeto a plus de gozar como único empuje a la palabra, como única causa

De allí se entiende la indicación de Lacan en el mismo texto cuando dice que se trata  “…del deber de bien decir o de orientarse en el inconsciente, en la estructura[v]”.

Me interesa una vez que llegamos hasta acá,  pensar el bien decir al que J-A. Miller nos empuja, a decir mejor lo que hacemos

J.-A. Miller nos confrontó a la pregunta por “cómo decimos lo que hacemos”, en una Conversación Clínica en 2008.  Preocupado por el porvenir del Psicoanálisis, planteó  la necesidad de aprender a formalizar el pasaje a la episteme para salir a lo público.

Este sintagma, se puede pensar desde la perspectiva de la práctica del analista y la urgencia por formalizarla, pero propongo que también desde la  perspectiva analizante. En tanto el propio análisis no es una experiencia inefable, hay la necesidad y  satisfacción que el sujeto encuentra, en poder bien decir la relación a su goce.

Al respecto, podríamos plantear un recorrido que  va, del ¡Todo bien! que enquista el goce sintomático  y silencioso, al “bien”, sin sentido común en el lenguaje, cuando logra hacerse eco de la  lalengua de cada uno hasta  poder llegar a decir  entonces, eso que hace bien porque posibilita inscribir el goce satisfactorio del sinthome

Por último ¿Cómo decimos la Escuela que hacemos? Podríamos atravesar con esta pregunta las distintas instancias de la Escuela. Pero si por ejemplo nos detenemos en los carteles, en el esfuerzo puesto en formalizar el  rasgo y en escribir, podemos preguntarnos cada vez hasta dónde estas producciones consuenan o son lo más cercana posible al momento del análisis en el que cada uno se encuentra.


[i] Lacan, Jacques. Seminario 7. La Ética de Psicoanálisis. Edit. Paidós,  p 383. 2015

[ii]  Miller Jacques.-Alain. Nota sobre la vergüenza. Mediodicho 26. Eol Sección Cba,  p 6, 2003.

[iii] Lacan, Jacques. “Radiofonía”. Otros Escritos. Edit Paidós, p 436 2012

[iv] Lacan Jacques. Seminario 18. De un discurso que no fuera de semblante. Edit. Paidós, p126 2009

[v]  Lacan, Jacques. “Televisión”. Otros Escritos , Edit. Paidós, p 552. 2012

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