Argumento

Comisión Científica: Ricardo Seldes, Gisela Smania, Álvaro Stella.

Estamos invitados, en el marco de estas 32°Jornadas de la EOL Sección Córdoba a interrogar la esencia de la angustia, advertidos que no se trata de una divisa sencilla de abordar. Proponemos su elucidación en la práctica aún cuando el concepto no nos va a revelar completamente ese sentir displacentero que se experimenta en distintas magnitudes.

Ya desde su título estas Jornadas evocan, con el gesto del saludo y bienvenida a la angustia, el poema de Paul Éluard “Desfigurada apenas”[1] con su buenos días tristeza, cuya resonancia nos presta la atmósfera necesaria para ingresar en el asunto. Resulta asimismo fundamental distinguir el lugar preciso de la angustia y sus vecindades dentro de la serie, del curso serio de los afectos en tanto “toques de lo real”[2]. De este modo, no es lo mismo la angustia que la tristeza, ahí donde esta última sabe meterse por los pliegues del pensamiento “no como un estado de ánimo sino como una falta, una simple cobardía moral”[3], desligando el presente y el porvenir; tampoco es lo mismo que la nostalgia, que con su fijeza apasionada por el pasado se vuelve sin más un “afecto de ausencia”[4]. La angustia en cambio -como su revés- pone en marcha el tiempo, permite a cada quien localizar un antes y un después. Con su presencia, con su certero despertar, la angustia fuerza a salir del agujero de la eternidad.

Hablar de la angustia, por lo tanto, adentrarnos en esa angostura, esa orografía, “exige delicadeza”[5]. ¿Cómo situar su nítida función en un mundo que intenta reducirla a un mero disfuncionamiento, para -de inmediato-  medicalizarla?

Hagamos nuestras las preguntas que el propio Lacan introduce, apenas iniciado su Seminario 10, en 1962, tal como él lo dijo, el último de su estancia en Sainte-Anne[6]: “¿A qué distancia poner la angustia para hablar de ella, sin meterla enseguida en el armario, sin dejarla tampoco en un estado vago? ¿A título de qué podemos hablar de la angustia cuando subsumimos bajo esta misma rúbrica experiencias tan diversas?”[7].

Nos toca saber localizar las formas en que hoy aparece la angustia, los puntos privilegiados de su emergencia, su valor de brújula y de objeción frente a la estandarización y el afán evaluatorio. Nos toca servimos de su status de “vía de acceso a lo real”[8], en un mundo que pretende camuflarla en el mapa enaltecido de las emociones o dejarla al pie de la depresión generalizada y los llamados trastornos de ansiedad; un mundo que arriesga desconocer su valor de “afecto que no engaña”[9] ante el optimismo mercantilista. Se trata, como verán, de un contexto que rechaza de cuajo el nudo ético que trama la angustia con el inconsciente.

Este nudo, presente desde el vamos en la intuición temprana de Freud, constituyó un resorte en la doctrina y la práctica, al filo de la invención del dispositivo analítico.

Sigamos entonces, por un momento, la pista de Freud quien, desde los primeros pasos en su reflexión, tropieza con los avatares libidinales, advirtiendo la presencia de un quantum difícil de metabolizar. Freud se pregunta por la causa de la angustia, atento a esa acumulación de excitación que no es tramitada psíquicamente, que hace que la angustia no admita ninguna derivación psíquica y sea vivida en lo físico. Para él, la libido que queda inutilizable se descarga como angustia.

Nos importa subrayar el papel que le cabe a la angustia en esta economía, ahí donde hace de ella un dato de entrada, un afecto que acompaña la experiencia de desgarro fundamental, traumático que signa la llegada del sujeto al mundo.

A Lacan no se le pasa esta elaboración y -lector de Freud, renglón por renglón– avanzará sobre este detalle de exilio inaugural del sujeto, especialmente en su Seminarios 6 y primeros tramos del Seminario 10, a la luz de su mentado grafo del deseo. Ubicará el alcance de la Hilflosigkeit freudiana, del desamparo, asentando ahí un tiempo mítico de angustia y desconcierto suscitado en el sujeto ante la presencia primitiva, enigmática del deseo del Otro. En esto -nos dirá- “la experiencia de la angustia no tiene nada de carácter difuso”, sino que se presenta como una “experiencia existencial”[10], como si se tratara del afecto más próximo a la juntura íntima del sentimiento de la vida.

En su lectura, Lacan dará un paso más, siguiendo de cerca el giro freudiano que lleva a éste a repensar la angustia de la mano de su segunda tópica: ya no se tratará de ese exceso libidinal liberado que vuelve como descarga, sino que la angustia parte del Yo, como señal de peligro, amenaza en el plano del ego. En dicho plano cabe distinguir lo que constituye un peligro externo, territorio propio del miedo, de lo que constituye la señal de un peligro interno, pulsional, sobre el que se monta el arduo trabajo que tiene por delante la represión, en el camino de la formación de los síntomas. En “Inhibición, síntoma y angustia” -Lacan nos invita a movernos dentro de este texto freudiano como funámbulos- sopla ya decididamente este carácter primero, de defensa radical que cobra la angustia.

La fobia, por ejemplo, obtiene aquí con Juanito su estatuto de paradigma a la hora de abordar la clínica de la angustia, con la exploración de los umbrales, la original topología entre ese interior y ese exterior, delineando las fronteras entre angustia, miedo, objeto, pulsión, cuerpo.

Para Freud entonces, el Yo pasa a ser una especie de “almácigo de la angustia”[11]. Lacan subraya en este punto que, aunque la angustia se produce topológicamente en el Yo, la señal -en tanto signo que representa algo para alguien- no se dirige a éste sino al propio sujeto, dividido, producido en ese hiato estructural, entre la unidad que le presta la imagen como arreglo especular y la experiencia de la palabra que choca, impacta en el cuerpo,

Lacan se apoya, usa los dilemas de Freud para decir finalmente que la angustia es -más bien- una señal de lo real, es la señal de un goce que está más acá del deseo, lo antecede. Un goce cuya presencia es patente. Será por esto que llegará a enunciar que “la angustia no es sin objeto”[12].

La angustia Lacaniana, sintagma acuñado especialmente por J.- A. Miller, pone en primer plano esta perspectiva y, con ella, al objeto a y al cuerpo.

El objeto a irrumpe con su extrañeza[13]. Lacan encuentra en eso el destello de lo ominoso. Será esta la ocasión de anticipar el papel del fantasma, cuya función es situar, darle un nivel de apoyo, de acomodación a esa extrañeza, prestando así el marco a la angustia. “La angustia -afirma- está entonces enmarcada (…) todo lo oscuro, lo inquietante, lo Unheimlich se presenta a través de esa ventanilla (…)”[14]. Tendremos que saber captar los distintos matices que cobra dicho marco, incluso su grado de resistencia, ante la constatación de lo súbito, del de repente, de lo que no puede decirse, del de golpe[15], del corte neto -fuera de duda- que impacta en la red de sentido, en la huella de los significantes que constituyen el íntimo mundo de un sujeto.

Bien podemos situar a la angustia, entonces, como fenómeno de borde frente a la intromisión de algo que no debe aparecer, un real no significable, un instante de  crepúsculo de la realidad que perturba la relación imaginaria con las cosas. Ni sugestión de la imagen, ni adormecimiento del sentido, la angustia es la clara señal del fracaso de una dialéctica.

Como sabemos, Lacan encontrará en esa extraña incongruencia, en el índice de esa letra a minúscula, el fleje de lo irreductible que lo llevará a interpelar el Nombre del Padre como único pivote en la estructura. En este sentido, la vía de acceso a lo real que habilita la angustia, constituye una dimensión clínica tan amplia como novedosa, que juega su parte como antesala al sacudón que introducirá Lacan en su enseñanza. Podríamos aventurar que la pluralización de los nombres del padre no se efectuó sin el paso necesario, sin el despunte minucioso de esta clínica de la angustia, transversal, transestructural, instrumental, contingente.

En su última enseñanza, con la escritura de los nudos, su IRS, Lacan se figura la dimensión de un real que plantea una exclusión interna con el sentido. En este contexto borromeo, el objeto a se vuelve operatorio en lo real a título de semblante. La angustia, por su parte, afecta la consistencia del  cuerpo, “es el sentimiento que surge de esa sospecha que nos asalta de que nos reducimos a nuestro cuerpo”[16]. Entre los tres registros, lo real, lo simbólico y lo imaginario, la angustia –  partícipe de otro ternario, el freudiano- es considerada como “algo que parte de lo real, es la que dará su sentido a la naturaleza del goce que se produce por el recorte eureliano de lo real y de lo simbólico”[17]. Hará falta pasar por la perspectiva del sinthome en el Seminario 23, para luego poder leer el planteo enfático de Lacan: “lo simbólicamente real,  o sea lo que de lo real se connota en el interior de lo simbólico, es la angustia”.[18]

Llegados a este punto, tenemos que saber producir las buenas preguntas en lo tocante al psicoanalista y su quehacer. Lacan avanza colocando al lado de las exposiciones más elementales sobre la angustia su guiño de interpelación a los psicoanalistas a la hora de problematizar el alcance de lo que hacen y la relación que ellos mismos tienen con su acto, con la praxis original de la que son soporte. Inspirados en ese estilo, nos interesa ubicar cómo el psicoanalista da -en cada caso- los buenos días a la angustia; cómo sostiene su quehacer en los bordes de ese marco de la angustia, a veces para producir sus toquecitos, otras para hacerlo existir; cómo se las arregla en su práctica para ofrecer una presencia que haga de la angustia una instancia operativa, advertido de lo que opera en su palabra cuando se sitúa a partir del discurso analítico; cómo, en transferencia, orienta las cosas para dosificar, franquear, atravesar, sintomatizar la angustia, precisamente porque no tiene cura.

Dejamos planteado, con este toque de inicio, el recorrido que nos llevará hasta el mes de junio, asumiendo que “ninguna fórmula acabada de la angustia nos ahorrará hacer el camino”[19]. Con ese espíritu podremos servirnos de estas 32° Jornadas y su tilde eminentemente clínico, para poner a punto los efectos-de-formación, incalculables, desprendidos de la práctica, de la construcción del caso, la transmisión del uso del control y sus consecuencias. Con esto, buscaremos echar luz sobre las posibilidades de la experiencia analítica en el tratamiento de la angustia -más allá de la terapéutica- desde su principio hasta su fin. Contamos con la Escuela como caja de resonancia para que viva la enunciación.

Tenemos por delante un programa de trabajo, plasmado en los siguientes ejes:

  • La brújula de la angustia y sus vecindades
  • La angustia en la psicosis, el fenómeno elemental
  • Fenómenos en la angustia: de la inmovilidad al pasaje al acto
  • La zona del acting out
  • La vacilación del fantasma
  • De la angustia a la urgencia subjetiva
  • Inhibiciones, síntomas y angustia
  • El miedo de nuestro cuerpo
  • La angustia en niños y adolescentes
  • La angustia en los tres tiempos de un análisis: los inicios, el transcurso y el final
  • Angustia, transferencia y deseo del analista
  • La angustia del practicante y el lugar del control en la práctica.

[1] Adiós tristeza, Buenos días tristeza/ Estás inscrita  en las líneas del techo/ Estás inscrita en los ojos que amo/ Tú no eres exactamente la miseria, pues los más pobres labios te denuncian por una sonrisa/ Buenos días tristeza/ Amor de los cuerpos amables, potencia del amor, cuya amabilidad surge como un monstruo incorpóreo/ Cabeza sin punta, tristeza bello rostro.” Este poema pertenece a “La vida inmediata”, de 1932. Inspirado en estas letras, Francoise Sagan escribió en 1954 su novela “Buenos, días tristeza”.

[2] Lacan, J., “Televisión”, Otros Escritos, p. 553, Bs. AS.: Paidós, 2012.

[3] Lacan, J., Ibid, p. 552,

[4] Miller, J.-A. Del síntoma al fantasma y retorno, p. 207, Bs. AS.: Ed. Paidós, 2018.

[5] Miller, J.- A., La Angustia. Introducción al Seminario X de Jacques Lacan, ELP, Ed. Del nuevo extremo, 2007.

[6] Para el lector inquieto, vale la pena detenerse en las líneas que Lacan destina en su escrito Televisión sobre lo que implicó el paso por este Seminario en el tratamiento de los afectos y su traza en el cuerpo. En Otros Escritos, p. 551.

[7] Lacan, J., El Seminario 10, La Angustia, p. 27, Bs. As.: Paidós, 2004.

[8] Miller, J.-A., La angustia lacaniana, p. 26, Bs. As.: Paidós, 2007.

[9] Lacan, J., El Seminario 10, La Angustia, p. 81, Bs. As.: Paidós, 2004.

[10] Lacan, J., El Seminario 6, El deseo y su interpretación, p. 27, Bs. As.: Paidós 2014.

[11] Freud, S., El yo y el Ello, Tomo XIX, p. 57, Obras Completas, Bs. As.: Amorrotu Editores, 2008.

[12] Lacan, J. Seminario 10, La Angustia, p. 101.

[13] Valga en este pasaje la referencia a la imagen de la mantis religiosa con su belleza perturbadora, trabajada por Lacan a propósito de la angustia y captada en el afiche de las Jornadas.

[14] Lacan, J.,  Ibid., p. 85-86.

[15] En este pasaje del mismo Seminario, la voz del texto de Lacan se hace escuchar: “¿Qué esperamos cada vez que se abre el telón sino ese breve momento de angustia? Ese que pronto se apaga pero que nunca falta cuando vamos al teatro (…) el momento de los tres golpes y el telón se alza. Sin este tiempo introductorio, que pronto se elide, de la angustia, nada puede adquirir el valor de lo que se determinará a continuación como trágico o cómico”. p 86.

[16] Lacan, J., La Tercera, En los confines del Seminario, p. 137, Bs. As.: Paidós, 2022.

[17] Lacan, J., El Seminario 22, RSI, inédito, clase del 10/12/74.

[18] Lacan, J., El seminario 24, L’insu que sait l’une-bévue s’ aile a mourre, “Hacia un significantenuevo”, p 13, Revista Lacaniana N°25, Bs. As.: Ed. Grama, 2018.

[19] Miller, J.- A., La Angustia, Introducción al Seminario X de Lacan, p. 81.