El entredicho del bien

(Presentación de Mediodicho 46, 3 de marzo 2021)

Me pareció que el vértigo de nuestro tiempo me permitía iniciar esta presentación con una pregunta un tanto brusca: ¿se puede analizar a un fascista? Es decir, ¿puede un analizante tenderse sobre el diván en cuanto fascista? ¿O acaso en su decisión de iniciar su análisis ya dejó atrás el umbral de eso que llamamos, por fuera del dispositivo analítico, fascismo, para ingresar en un territorio en el que las resistencias más rígidas que asociamos a esa palabra tuvieron ya que ser vencidas? A veces me pregunto esto, pero a veces la pregunta, aún con los mismos términos, se me invierte: ¿no será más bien que todo analizante es una suerte de fascista potencial en un esfuerzo perpetuo, y perpetuamente fallido, por dejar de serlo? Sobre todo cuando pasamos del fascismo histórico con sus pompas y espectáculos, a los microfascismos más oscuros e insidiosos de nuestra vida cotidiana. Ante la reemergencia de neofascismos a escala global, y buscando sacudir la comodidad moral de la posición progresista ante el fenómeno, Marcia Tiburi ha planteado la urgencia de desplegar un “arte de conversar con el fascista”, y su título me sugiere otra pregunta: ¿no ha sido ese, después de todo, el arte del analista desde siempre? ¿Un arte que ensaya un diálogo con lo que el analizante no sabe de sí, con un horror que él mismo desconoce y que busca con ingenio y creatividad mantener velado? ¿No es una dificultad análoga a la que hoy nos enfrentamos en todas las esferas de la vida, esferas cada vez más expuestas al riesgo de ser capturadas por la servidumbre voluntaria a lo peor? Después de todo, el psicoanálisis es el discurso del que menos sorpresa podemos esperar ante los ominosos “retornos” de nuestro actual escenario histórico y político: siempre tuvo presente el reverso de las buenas noticias del progreso. Casi diríamos que nace de la dramática consciencia de esos retornos y de estos reversos.

Si nos planteáramos entonces esta alternativa polar, o bien un fascista nunca ingresa a análisis o bien el análisis siempre implicó el diálogo con un fascista, este número de Mediodicho creo que optaría sin muchas dudas por la segunda posibilidad: no hay exterioridad respecto a lo peor, no hay un partido del bien que pudiéramos oponer a un partido del mal, porque el “bien” es ya una coartada subjetiva y civilizatoria, diríamos la coartada por excelencia, para desentender al sujeto de lo que lo concierne, es decir, para liberarlo de la carga de dar respuesta, de hacerse responsable de y por su deseo. Esa irresponsabilidad está en el origen no sólo de la cobardía moral del neurótico, sino también, y aquí el doblez siniestro, de la temeraria amoralidad del fascista.

Ese pliegue siniestro entre la buena consciencia moral y progresista, por un lado, y las violencias exacerbadas de la vida contemporánea, por el otro, fue para mí el núcleo de este número de la revista como intervención en la actualidad. Estas dos caras del malestar contemporáneo se condensan en las miradas un poco perdidas de esas ovejitas de la tapa. Una portada espléndida y tan justa, que estampa en su leyenda, “es por tu bien”, el punto de engarce entre lobos y corderos de la tapa (porque nunca sabremos si son ovejitas o lobos disfrazados de corderos). “Es por tu bien”, como se sugiere ya desde el texto editorial, es la máxima de las servidumbres voluntarias que organizan el desquicio ético contemporáneo.

Quizás pienso el número de este modo dejándome afectar por la coyuntura. Leí la revista entre dos episodios clave, sintomáticos, de nuestro presente: entre el “escándalo” de las vacunas y el episodio de las bolsas mortuorias de la marcha del sábado pasado. Vivimos tiempos aceleradísimos, o lo que sería lo mismo, un tiempo explosivamente detenido, en el que casi cualquier día nos ofrece situaciones ejemplares de nuestro malestar. Y creo que entre la crisis en el ministerio de salud y el “27F” se dejan ver estas dos caras de las servidumbres voluntarias contemporáneas: la cara moral y la cara tanática, es decir, el juego en el que nos hallamos entrampados entre el progresista y el fascista. Ojalá disculpen mi simplificación caricaturesca, pero sí, quiero hoy enunciarlo así: bajo el supuesto de los neofascismos en retorno como horizonte de época, este número de Mediodicho nos dice que el moralismo progresista sólo nos va a ayudar a acelerar la crisis y el malestar de este derrumbe civilizatorio en que nos encontramos. Como si levantara una advertencia hoy tan crucial: no nos dejemos llevar tan fácil a la trampa civilizatoria ya secular del columpio entre Kant y Sade.

De hecho, el eje del número está puesto en la crítica del moralismo progresista, en toda línea: de la moral de las buenas intenciones, de la política como servicio de bienes, de la historia como progreso irreversible hacia lo mejor, garantizado por los buenos servicios de la ciencia. Y creo que la difícil coyuntura que atravesó el poder ejecutivo el pasado viernes 19 de febrero fue una prueba decisiva en relación con esto. Todo lo ocurrido tras las declaraciones de Horacio Verbitsky, hasta hoy incluso, parece calcado de la dialéctica entre el progresista y el fascista, entre el cordero y el lobo, entre el “indignado” y el “hater”, como protagonistas de una misma escenificación de servidumbres voluntarias al orden del día.

“Es por tu bien” se oyó como un rugido feroz en todas las tribunas: antes que nada, la del propio gobierno, que tomó el toro por las astas, sí, pero para llevarlo al corral manso de las ovejas bienintencionadas. De nuevo debo disculparme por las simplificaciones, pero no puedo presentar este número de Mediodicho en esta coyuntura sin sugerir esta hipótesis: el pedido de renuncia al ministro de salud, acaso el ministro de mayor trayectoria de todo el gabinete, no es sino signo de la debilidad de una respuesta moral a un problema político. En su justificación del pedido de renuncia, como recordarán, Alberto Fernández dijo: “Le exigí la renuncia con dolor. Ginés era un gran ministro. Y además lo quiero. Pero lo que hizo es imperdonable. La política es ética, tenemos que terminar con este tipo de prácticas, con la cultura argentina de la viveza, la picardía, el manejo de las influencias”. Todo está allí: el amor duele; porque te quiero te aporreo; lo hice no por mí sino por un principio universal, en una palabra: “es por tu bien”. Es por el bien de todes nosotres.

La frase clave del presidente es: “la política es ética”. Psicoanálisis y filosofía se encuentran en una distinción decisiva entre ética y moral que nos permite preguntar: ¿la decisión de Fernández fue ética, o más bien se trató de una nueva moralización de la política? Todo el número de Mediodicho pivotea en torno al Seminario 7, por lo que me atrevo a preguntar aquí: ¿acaso Alberto Fernández cedió en su deseo? ¿Un deseo que no dejo de evaluar del lado de las mayorías, no sólo como distribución de bienes, sino incluso como expansión de las condiciones del despliegue múltiple de los deseos? ¿Acaso Fernández, ante la acelerada catarata de críticas, en vistas de la bola de nieve que se venía, es decir, por su fragilidad para enfrentar la prepotencia de los poderes fácticos, sacrificó una de sus ovejas (¡y la más amada, como corresponde!) para mantener en calma el corral? ¿No viene siendo, justamente, el cuco de la “corrupción” la forma más zafia de moralización de la política en todo el mundo, es decir, de despolitización de la política en los altares de una “transparencia” tan manipulable para lo peor como el “bien” de las buenas intenciones? Por supuesto que no estoy haciendo una apología de las “manos sucias” en la política, sino apenas tratando de explorar algunos de los impasses morales en los que recae el progresismo en un clima histórico político enrarecido, cada vez más capturado por las agendas y las gramáticas de las derechas más rancias.

El problema con la política de las ovejas es que nunca sale de la trampa de la política de los lobos, sino que por el contrario hace sistema con ella. La llamada grieta no es ninguna grieta, sino el siempre ilocalizable pliegue moebiano en el que la moralina progre se muestra como el reverso exacto de la furia neoconservadora cada vez más desatada, sin jamás ensayar un corte. Como si dijéramos: la “desublimación represiva” de la derecha se encuentra con la “sublimación represiva” de la izquierda en la misma espiral servil de nuestra época. Es por eso que creo necesaria una lectura de las espeluznantes bolsas del sábado por fuera de la moral, y creo que este número de Mediodicho nos invitaría a hacerlo. No porque no podamos hacer una lectura basada en principios morales, ni porque no debamos hacerla, por supuesto que debemos, si de respeto del deber se trata. Sólo habremos dr estar alertas respecto a que esa lectura parece mandada a hacer para confirmar que “nosotres” jamás haríamos una barbarie tal, es decir, que hay un “nosotres” manifiesta y ontológicamente opuesto a un “ellos” definitivamente perdidos en la ebriedad pánica del neofascismo contemporáneo, es decir, para confirmar que el fascismo siempre es y nos será ajeno, reponiendo la fábula del bien y del mal, y del progreso como opuesto impermeable a la barbarie.

Quisiera entonces sugerir otra lectura de esas bolsas que no tengo problemas, sin embargo, de pensar como fascistas (sobre todo una vez que admitimos que ese fascismo nos atraviesa a cada une): la derecha sabe hacer con la pulsión de muerte. Lo digo así por dos razones. Por un lado, porque es algo que se viene discutiendo y demostrando a escala global, cuando vemos que de pronto la “incorrección política” llevada a extremos grotescos de violencia misógina, racista, etc., ha pasado a constituir uno de los atractivos más poderosos de estas nuevas derechas, o “derechas alternativas” como se les viene llamando, y que en nuestro país se ligan a esos espacios autodenominados “libertarios”. Pero además, porque con esto quiero sugerir que justamente uno de los déficits de la izquierda para zafarse del columpio moralista al que siempre la invita la derecha es su renuencia a mirar de cara la muerte, a hacer algo con la pulsión de muerte, casi abandonando ese territorio a sus apropiaciones autoritarias y vejatorias de los neocons de siempre. Hoy, criticar la escenificación aterradora del sábado denunciando su carácter bárbaro (como ha hecho, de hecho, todo el espectro progresista) es caer exactamente en el lugar en el que el enemigo nos quiere, es decir, en el lugar de la “corrección política”, sin, por otra parte, hacer mella en el dispositivo por ellos activado, es decir, la oscura movilización de la pulsión de muerte de amplios sectores de la población, en una dirección que ellos van a saber capitalizar, justamente desde esa incorrección política que se confirma en las críticas morales del progresismo. Como si la rústica crueldad de la “incorrección política” de los nuevos líderes neofascistas fuera el modo terrible de acceso político a un real tras décadas de deslegitimación del sistema político de representación. Como si la opinión pública de hoy fuera más lacaniana que aristotélica, y reconociera en esos nuevos liderazgos algo del roce de lo real, que hace tanto parece haber abandonado la vida política contemporánea. Para decirlo de otro modo, las bolsas negras de la muerte podrían suscitar, antes que la indignación que ellas mismas buscan, una pregunta como la siguiente: ¿No será que hoy la derecha habla de lo real, mientras que la izquierda parece seguir capturada en las trampas de la realidad? ¿Cuál es, hoy, la política de lo real de la izquierda? Creo que algo de eso era lo que estaba en juego en la escandalosa opinión del 2016 de Zizek sobre las elecciones de Trump…

Hace poco ha dicho Santiago López Petit: “el pensamiento crítico que desee no ser prisionero de lo políticamente correcto ha de mirar cara a cara la muerte”. Responder desde la moral a las manifestaciones del sábado es equivalente al “amor sí Macri no”, es como volver al viejo eslogan “el amor vence al odio”. Creo, por el contrario, que a las bolsas mortuorias del sábado podemos responder no desde la moral, sino desde el esfuerzo por formular un saber hacer no fascista con la pulsión de muerte, una suerte de política emancipatoria de la finitud. No sé qué significa eso, sin dudas no significa pretender asimilar lo inasimilable, jamás habrá, como decía otro García, regulación política del goce. Pero en todo caso implicaría movilizar de manera no moral el malestar contemporáneo, sin ingenuidad respecto a las paradojas del goce y a los cinismos del bien, y, en todo caso, reconocer que si la pulsión de muerte viene siendo capitalizada en sus funciones identitarias y “segregativas”, para citar a Laurent, podría por el contrario ser reconectada con su sentido desegregativo y desagregativo respecto a toda política de la identificación y sus violencias. Como si dijéramos: más allá de todo progresismo, violencias desidentificadoras como estrategia no moral ante las violencias identitarias del neofascismo contemporáneo. Más allá de los juegos cómplices entre indignados y haters, entre amores y odios, entre buena conciencia multiculturalista y linchamientos neofascistas, es decir: más allá del bien y del mal, la fuerza desagegativa de una alteridad irreductible. No otro parece ser el sentido con el que ingresa la pulsión de muerte en cierta teoría feminista contemporánea.

Hay dos figuras a lo largo de la revista que de algún modo rearticulan una ética del psicoanálisis para nuestra actualidad, una que sepa atarse al mástil del deseo ante los cantos de las sirenas del progreso. Dos figuras que, además, tienen la virtud, justamente, de desplazar la propia noción de bien: el “bien decir” que aparece en muchas de las intervenciones de la revista, y el “buen vivir” que asoma en el texto de Andrea Torrano. Dos figuras del bien que saben sustraerse, y muy bien, a la división del campo político entre progresismos moralistas y la desinhibición de las lenguas del odio. El bien-decir, nos dice por ejemplo Bassols, jamás nos dirá dónde está el Bien, pues es ese estado de la lengua que asume un no saber en su decir. El bien-decir, entonces, nos ofrecería una perspectiva estratégica clave en la arena de los debates sobre las “lenguas del odio” en la escena contemporánea, pues no las condenaría por su obscenidad o procacidad, sino por llevar al extremo el ideal de saber de la razón progresista. Por eso creo que hoy el problema del “bien-decir” como problema político cultural de época se concentra en las discusiones en curso sobre el lenguaje inclusivo, siempre sospechado de universalismo progresista (algo de esto aparece en el texto de Candela Méndez), pero que ha podido mantener la brecha inasible de una interrogación por las violencias sedimentadas en la lengua.

Por su parte, el texto de Andrea nos trae otro “bien” capaz de superar la prueba de la ética del psicoanálisis (o esa sería mi hipótesis): el “buen-vivir” del que hablan los pueblos originarios y feminismos latinoamericanos. Un vivir-bien que se opone a la lógica del vivir-mejor, es decir, que interrumpe la violencia acumulativa del progreso a partir de una conciencia de la fragilidad e interdependencia entre humanos y entre humanos y no humanos. El buen-vivir asume la vulnerabilidad de manera común, transindividual, desde una ética de los cuidados en la que la muerte no es ni silenciada ni celebrada, sino asumida en su trama compleja con una vida común y finita.

Hoy el virus produce una suerte de precipitación, en sentido químico, de los malestares de nuestra cultura. Su roce es el roce de la muerte, que tiene la virtud apocalíptica de la revelación: ya no podemos “sorprendernos” más ante los retornos a los que asistimos en nuestra civilización, pues la idea de historia como progreso que está a la base de esas sorpresas hace tiempo que es historia. Si, como sugiere Juan Carlos Indart, no hay mal que por bien no venga, este número de Mediodicho nos permite hacer algo con el mal del bien, con su entredicho: abandonando la buena consciencia y el servicio de los bienes, avanzar en un bien-decir y un buen-vivir que se enfrenten tanto a los lenguajes del odio como a las expresiones extremas de la violencia neoliberal. Mediodicho entredice la trama donde tejer ese decir-vivir.

Y lo hace, doy fe, por nuestro bien.

Luis Ignacio García
Filósofo e investigador del CONICET