Por alguna razón

Por alguna razón, esta vertiginosa mezcla de cuarentena, encierro, pandemia, uso y abuso hasta intrusivo de la tecnología, llevaron mis lecturas hacia el período final de la vida de Sigmund Freud. Muchos de estos condimentos, excepcionalmente agrios, de la vida sazonaron los años finales del padre del psicoanálisis. Algunos de sus textos claves -El malestar en la cultura, El porvenir de una ilusión, el Moisés…-, son originalmente leídos por Jean Claude Milner en su gran libro El judío de saber. Ahora bien, ¿qué se interroga Milner allí respecto al malestar en la cultura contemporánea? ¿Qué preguntas sobre la disposición del saber actual quiere hacernos llegar a través de esa figura paradigmática del judío de la ciencia, de la Wissenschaft? ¿Qué ley intenta deslindar, que de alguna manera explique el carácter hoy omnipresente de la tecno-ciencia? ¿Omnipresente, casi como único y desfalleciente nombre del padre –la pandemia lo demuestra absolutamente-, pero a la vez diseminado, rebajado, casi impotente? ¿Por qué extraña razón, en nuestra época de generalización del saber y de los dispositivos tecno-científicos, el efecto subjetivo dominante es la incertidumbre, la desorientación, la anomia?

Dos recortes, que quizás hagan vibrar razones, sobre las preguntas que el texto, al menos a mí, me plantea:

El saber moderno es absoluto. Absoluto, en el hecho de que está disyunto doblemente, del objeto y del sujeto. Absoluto, en la medida que fue provisto del artículo definido – el saber. (Milner, Le juif de savoir, pág. 59).

La constatación de una carencia en sí no tendría nada de grave, el saber moderno no aprende nada sobre nada, después de todo, es la ley de su modernidad, aunque sea difícil de aceptar para los sujetos. Que pueda poner en duda el gesto que le dio nacimiento, es la ley del saber absoluto. Recordamos a Max Weber: “Todo ´logro´ científico demanda ser superado; quedar anticuado”. (118-119) La indiferencia del objeto se manifestó siempre por la multiplicación de objetos. […] Entre la pluralidad de objetos y la unicidad del saber, la tensión siempre existió; y se exacerbó en adelante hasta la contradicción. Durante mucho tiempo un ideal había alcanzado para unir la vertiente de lo plural y la vertiente de la unicidad; […]. A fin de cuentas, el más potente ideal del saber absoluto era el saber mismo. Pero, podremos mostrar a partir de aquí que, en su ejercicio más sincero, el saber absoluto infringía su ley constitutiva, ya que producía un “menos de saber”. (Milner, Le juif de savoir, pág.121).

Alejandro Willington